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La Generación Perdida

Capítulo 1

Un trueno resonó por encima del rugido de potentes motores. El hedor a diesel y tierra quemada saturaba la atmósfera. El descanso del perforador estaba a punto de terminar. Saboreó una última calada de su Estim. Podría haber jurado que acababa de encender la maldita cosa. Nada más tirarlo al suelo cubierto de guijarros negros su cuerpo ya le estaba pidiendo otro. Ignoró la sensación y se unió al resto de su turno en el largo descenso al lugar de excavación. Pasó junto a una flota de Tinas de Transporte. Los gigantescos vehículos esféricos flotaban sobre un lecho de AG mientras sus tubos de vacío recogían la lava deshecha para su procesada. Más adelante estaban los Raspadores. Sus hojas gemían como banshees mientras cortaban la roca.

Llegando hasta su propio Raspador, dio un golpe en la ventana. Eventualmente, el conductor apagó el motor y se apeó. El perforador no conocía a este nuevo tipo. No iba a molestarse en intentarlo, no a la velocidad con la que la corporación quemaba a los empleados. El perforador subió al vehículo y se dispuso a trabajar.

Durante la siguiente hora, el perforador atravesó otros treinta pies de lava. Apenas podía oír su música por encima del aullido de las hojas y los resoplidos el motor. Definitivamente iba a tener que hacer otra visita al otorrino dentro de poco. Necesitaba terminar su certificación y salir de los pozos antes de que sus oídos se fueran a paseo.

De repente, la pared rocosa delante suyo se derrumbó. El ordenador mostró una advertencia y el perforador apagó rápidamente las hojas. Debía haber alcanzado una bolsa de lo que pasaba por aire en este planeta, o algún otro gas. Esperó y deseó que el techo del túnel aguantara. La llovizna de guijarros finalmente se detuvo. Cogió su sensor de aire y salió fuera. Los protocolos de la compañía estipulaban estrictamente que las bolsas tenían que ser sondeadas en busca de gases inflamables antes de que la máquina pudiera reanudar el trabajo.

El perforador avanzó más allá de las hojas del Raspador, todavía humeantes en el frío aire, y empezó a escanear en frente de la máquina. Todo parecía despejado. Por lo menos no había ninguna señal de peligro. Siguió avanzando, intentando ver qué podría haber causado el derrumbe.

Entonces fue cuando lo vio. El sensor cayó ruidosamente al suelo.


*  *  *  *  *

El mundo chatarra de Spider en el sistema Cathcart se consideraba una zona neutral para piratas, fugitivos, y otras personas de mala reputación. En este momento era cualquier cosa menos seguro para Tonya Oriel, científica renegada y exploradora que estaba corriendo a toda velocidad por sus estrechos y retorcidos pasadizos. Esto se estaba volviendo una costumbre.

El pago por el yacimiento de kherio en Hades había sido más grande de lo que ella había esperado. La mayor parte de él había desaparecido inmediatamente en las fauces de acreedores y prestamistas que estaban llamando en su proverbial puerta. Otra parte le permitió hacer unas cuantas mejoras a su nave, pero el resto estaba destinado a adquirir un capricho: un códice tevarin, el texto original para su religión guerrera. Tras la Purga de la Segunda Guerra Tevarin sólo quedaban un par de docenas. Varios museos y coleccionistas se habían apoderado de todos los volúmenes conocidos, pero su arreglador había conseguido uno de alguna manera. Sólo fue después de que Tonya apareciera y le pagara que se dio cuenta repentinamente de su valor y triplicó su precio.

De forma que Tonya agarró el códice y se fue corriendo. Un disparo láser la adelantó y chamuscó la pared. Tonya miró atrás. Era Nagia, el saqueador, trotando tras ella con su pierna mala, una pistola, y una expresión desagradable.

-¡No tienes a dónde correr, chica! –gritó y hizo otro disparo.

-¡Teníamos un trato, Nagia! –le gritó ella como respuesta sin aminorar el paso.

-¡Los tratos cambian! –replicó Nagia disparando de nuevo para recalcarlo.

-¡Eso no tiene ningún sentido! –se quejó Tonya esquivando a los miembros de una tripulación que acaba de llegar y cortando hacia los hangares. Los tripulantes se apresuraron a cederle el paso al lunático con una pistola.

Nagia gritó frenéticamente a su tripulación a través de su comunicador. Por suerte, estaban demasiado ebrios como para darse cuenta. Nagia resopló mientras sus pies atronaban sobre el suelo de metal. La cabeza empezó a darle vueltas. No había corrido así desde hacía tiempo.

Dio la vuelta a la esquina que llevaba al hangar a tiempo de ver cómo los motores cobraban vida, haciéndole salir volando a través de la puerta.

Tonya había encendido la Beacon II a distancia, unos de los nuevos trucos útiles de su nave. Corrió hacia la rampa de abordaje. Mientras ocupaba el asiento de piloto, Nagia volvió a entrar en el hangar y disparó contra la cabina. Los escudos apenas brillaron un poco al absorber sus disparos. Era como arrojar guijarros a un acorazado.

Nagia corrió a hacer señas a los guardias de cubierta, los que servían en las torretas. Tonya no esperó a ver si lograba atraer su atención. Nagia contempló como el destello de sus motores desaparecía en la distancia. Iba a ponerle las manos encima; sólo tenía que averiguar cómo…

Tras unos momentos, se dio por vencido y regresó a su bar.

Con Spider bien lejos, Tanya fijó su rumbo. Sabía que una ración de comida de verdad, una copa de vino y su nuevo códice eran todo lo que necesitaba para olvidar lo desagradable de su trato con Nagia.
 
Un mensaje apareció en su pantalla.

Supuso que era un trabajo. Los detalles estaban escritos en una evasiva jerga legal, pero iban a pagarle sólo por escuchar la oferta. Llegaría en tres días si partía inmediatamente.

Parecía que la comida de verdad iba a tener que esperar.


*  *  *  *  *

La Beacon II descendió a través de la atmósfera en medio de una tormenta eléctrica masiva. Tonya sobrevoló vastas trincheras de terreno hendido y abierto antes de aterrizar en el lugar donde la Shubin Interstellar tenía su sede corporativa.

Un par de guardias de seguridad la escoltaron hasta una pequeña habitación blanca. Un abogado alto y demacrado le ofreció una agradable sonrisa antes de empezar a mostrarle docenas de acuerdos de confidencialidad y otros ejemplos de letra pequeña jurídica. Ella leyó los textos hasta que empezaron a dolerle los ojos. Tras una hora, decidió interrumpirle.

-¿Podría decirme al menos en qué consiste el trabajo?

-Lo lamento, señorita –contestó el abogado con una sonrisa amarillenta. Me veo obligado a no revelar ningún dato pertinente hasta que usted haya rellenado correctamente el…

-Vale, vale. Lo pillo.

Se dejó caer sobre la mesa. El abogado prosiguió. Ella le dio su consentimiento verbal, un puñado de huellas dactilares, incluso su firma. Por fin, el abogado pareció sentirse satisfecho. Ella se quedó mirándole expectamente.

-¿No hay muestras de sangre? ¿Orina?

El abogado la miró desconcertado.

-No, señorita. No creo que eso sea necesario.

-¿Y ahora qué?

-La tarifa introductoria está siendo transferida a su cuenta en estos momentos.

El abogado se puso en pie y la llevó fuera. Caminaron por pasillos de un blanco prístino. Se detuvo ante otra puerta y colocó su pulgar sobre la cerradura. La puerta se abrió, revelando una sala de conferencias más grandes. Una gruesa ventana rectangular ofrecía una vista del lugar de excavación.

Tonya entró y miró a la gente que ya estaba dentro. Reconoció a la mayoría de ellos; Deke Johnson, Squig Bentley, Arthur Morrow, eran otros exploradores en el sentido más amplio de la palabra. Eran ladrones de tumbas, saqueadores, borrachos y drogadictos aficionados a la historia. Si esta era la competencia de Tonya, se sentía ligeramente ofendida de estar en una lista con estos degenerados.

-Bien, bien, bien –dijo una voz detrás de ella. Tonya se quedó helada, reconociéndola instantáneamente -. Qué casualidad encontrarte aquí.

Tonya se dio la vuelta. Senzen Turov le estaba mostrando esa sonrisa radiante suya.

-Encantado de verte, Tonya –dijo avanzando para darle un abrazo. Tonya lo detuvo apoyando una mano en su pecho y empujándolo hacia atrás. Fingió ofenderse -. ¿Qué ocurre?

-Sólo pasaba por aquí.

-Vamos, Tonya. No me digas que todavía estás molesta por…

-… ¿porque me dejaras en la ruina? –contestó Tonya mirando por laventana-. Creo que ya lo he superado.

-Eso espero, robaste mi nave y la vendiste a los piratas.

-Con esas reliquias Xi’An, podrías haberte comprado dos más.

-En realidad, tres.

Senzen estiró los brazos y se apoyó contra la pared al lado de ella. Paseó su mirada por la habitación, visiblemente aburrido.

-¿Alguna idea de qué va todo esto?

-No.

-Quizás deberíamos formar equipo. ¿Cómo en los viejos tiempos?

-Antes preferiría trabajar con Squig –replicó Tonya. En ese momento perfecto, Squig eructó y soltó un pedo al mismo tiempo. Parecía bastante complacido consigo mismo.

-Ya, bueno, la Tonya que yo conocía necesitaba un hombre que fuera su igual, alguien que le supusiera un desafío –dijo Senzen acercándose un poco más. Tonya lo miró. Sus ojos se encontraron.

-¿Es eso lo que te piensas que eres?

-¿Un hombre?

-Mi igual.

La puerta volvió a abrirse. Gavin Arlington, CEO de Shubin, entró en la sala. Casi no parecía real. Cada cabello, arruga y pliegue de su traje parecía tener un propósito, como si exigiera a su cuerpo la misma eficiencia que exigía a sus trabajadores. Estaba flanqueado por el capataz del lugar y un ejército de estoicos asistentes. Sus ojos esmeralda evaluaron rápidamente la chusma de la habitación.

-Vengan conmigo.

Arlington los condujo al exterior. Todas las operaciones mineras al alcance del oído habían sido interrumpidas. Sólo se oía el aullido del viento, los ahora lejanos truenos, y el crujido de la gravilla bajo sus pies mientras caminaban hacia los pozos.

Pasaron cuarenta y cinco muchos de silenciosa marcha. Senzen miró a Tonya, sinceramente desconcertado. Ella se encogió de hombros y meneó la cabeza. Esto era realmente extraño. Se estaban acercando a un nuevo corte, oculto en la oscuridad a medida que el sol se ponía delante de ellos. Arlington se detuvo al borde de la sombra, junto a uno de los Raspadores. Deke Johnson tropezó y estuvo a punto de caer. Arlington se volvió hacia el grupo.

-Sin duda se estarán preguntando por qué les he convocado aquí –dijo Arlington con una mirada desdeñosa hacia Deke. Hizo un gesto de asentimiento al capataz.

La brecha recién cortada se llenó de luz. A todos les llevó un segundo acostumbrarse a ella. Tonya bizqueó y se fijó en una irregularidad brillante en medio de la negra masa rocosa que tenía delante. Incrustada en la pared de lava había una superficie metálica y lisa, pero no se trataba de una veta de mineral o mena. Era una placa fabricada y moldeada. El primer instinto de Tonya fue que se trataba de restos de algún tipo. Eso no era lo que resultaba sorprendente…

En su superficie había escrita una sola palabra difuminada.

Artemis.

. . . CONTINUARÁ

Traducción: Vendaval