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TEMA: [Relato - Trasfondo] H. Heldfield (+18)

[Relato - Trasfondo] H. Heldfield (+18) 5 años 4 meses ago #86543

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Este relato contiene lenguaje violento y obsceno, escenas subidas de tono y de uso de sustancias ilegales. Por estos y otros motivos su lectura debería estar supervisada por un adulto.




Capítulo 1

Conocí a Alondra tras las vacaciones de verano de mi tercer año de universidad. Acababa de perder mi trabajo en uno de los campos de golf de las afueras de Fujin por intentar atravesar una vidriera con un carrito de golf. Mi pasajera – una dama de honor a la que le había metido un par de dedos detrás de la tienda de palos – llegaba tarde al brindis de la boda que había al otro lado de la ventana. La explosión de cristales fue un final inesperado para lo que había sido hasta el momento una maniobra perfectamente ejecutada por los montículos de arena del hoyo 11, mejorada con la ayuda de media botella whisky, una corta persecución por parte del segurata del campo y los dedos de la dama de honor correspondiéndome bajo mis pantalones. Pese a los gritos y las amenazas de presentar cargos la cosa quedó en nada. Aunque mi trabajo y mis posibilidades de ganar algo de pasta antes de volver a las clases eran historia. Así que pasé el resto del verano siendo un grano en el culo colectivo de mis padres.

De vuelta en el campus respondí a una oferta de trabajo en la radio universitaria. Comencé la entrevista con un resumen brutalmente modificado de mi experiencia en el club de golf, pero ante la insistencia del entrevistador – un veinteañero alternata con el pelo rubio platino – fui añadiendo detalles hasta que ambos acabamos descojonándonos en compañía de unos estim bien aliñados. Así conseguí tanto el trabajo como un curso de iniciación al mundo de Alondra – la presentadora y pincha estrella de la emisora –, una serie de turbulentas lecciones sobre música antigua y alternativa, fármacos, mucho sexo y ocasionalmente un poco de bondage.

A Alondra le gustaba la velocidad. No de manera física, no conducía y en su vida había subido a una nave. Su gusto por la velocidad era interior, corría por su laberíntica mente a base de trampas. Neón cuando podía pagarlo, Ritalín cuando no. Aunque nada la ponía más feliz que pillar un paquete de Simpamina – que en terrano debía significar algo así como 48 horas continuas de sexo y desfase, seguidas de varias horas de alucinaciones paranoides, discusiones absurdas y agresiones con armas letales – de su tío y camello de confianza Tommy.

En Navidad, de vuelta en casa, les dije a mis padres que pretendía aparcar mis estudios de xenobiología y dedicarme profesionalmente al mundo de la radio. Mi madre sustituyó las palabras por lágrimas constantes. Mi padre simplemente dijo “Mejor, así nos ahorras algo de dinero”. Al cuarto de hora estaba pillando el bus para ir a casa de Alondra. Allí estaba Tommy – un sesentón expiloto que complementaba la pensión de invalidez con unos generosos ingresos como camello – sentado en el cutre-sofá de plástico. Al parecer no era el único expatriado que buscaba asilo con Alondra. Durante la comida nos explicó con todo lujo de detalles como su señora se había cansado de aguantar a un tullido castrado, cambiando de cerradura y de maromo mientras él estaba fuera de casa. Mientras Alondra llevaba los platos desechables a la cocina Tommy, liándose un porro de marihuana no sintética – una de las ventajas de un mundo como Saisei –, me comentó que le hacía falta que alguien se pasase por su casa a recoger una bolsa de deporte del trastero.

A la mañana siguiente me desperté solo en la habitación de Alondra con una nota con la dirección de la casa en el centro de Fujin y la tarjeta de activación de la moto de Tommy. Tras un viaje de una hora y pico llegué al bloque de apartamentos, donde me recibió una señora de unos 40 años con una bata medio abierta. No era su sobrina pero se conservaba bien. Su expresión pasó de juguetona a hosca cuando le dije a lo que iba, pero no puso más pega que la de acompañarme para que no me llevase nada más. Un par de horas después, tras un par de intentos por su parte de meterme mano y un poco de gimnasia carnal contra la pared, volví a conducir hacia el apartamento de Alondra. Así fue como conseguí un trabajo complementario que me llevó a viajar entre sistemas sin haberme sacado siquiera el curso de pilotaje.

Durante los siguientes dos años tuve mis altibajos con Alondra. Nos dejamos varias veces, discutimos y nos hicimos daño mutuamente – incluida una puñalada en mi pierna bajo los efectos del neón durante un viaje de relax a los viñedos de Cassel –, pero volvíamos como yonkis buscando en el otro una dosis de amor disfuncional y sexo elevado a la categoría de arte. Perdí el trabajo en la radio y ascendí en la empresa farmacológica del tío Tommy.

En una de nuestras reconciliaciones decidí llevármela a una entrega de Color a una nave que circulaba entre saltos en el borde de Centauri cuando, de repente el radar se volvió loco. De la nada aparecieron cinco contactos que se aproximaban directamente hacia nosotros.

“Alo, despierta y agárrate fuerte, tenemos visita.” Grité por el comunicador.

Sin pensarlo dos veces activé los escudos desviando toda la potencia a los traseros y puse la nave al a tope en dirección contraria hacia una nebulosa cercana en la que despistar a nuestros perseguidores. Con la carga que llevábamos daba igual que fueran oficiales de la UEE o Vanduuls sedientos de sangre, mejor poner un par de parsecs de por medio.

Los segundos pasaban y cada vez los teníamos más cerca. El escáner pitó mostrando cinco Cutlass en pantalla. No eran Vanduul, pero tampoco parecían Testigos de Neo-Jehová. Tres de las Cutlass que nos seguían empezaron a abrir fuego como si no hubiera un mañana, ni con toda la potencia en los escudos traseros aguantaríamos mucho bajo ese fuego. Y así fue. Al quedarnos sin escudos, como una coreografía propia del mejor ballet de Terra, los misiles de las Cutlass salieron hacia nosotros con mortífera precisión. Sólo me quedaba una carta en la mano, una carta de mierda pero valía la pena forzar un órdago. Lancé las bengalas para distraer a los misiles, solté todas las CM disponibles y abrí la compuerta de carga. Entre las explosiones, la broza y la carga que no estaba atada, los perdimos del radar y de la vista. Freno Newtoniano y giro con potencia a tope hacia el interior de la nebulosa. Ahora sólo quedaba despistar a esos bastardos y sobrevivir sin escudos en una nebulosa. Podía ser peor.

… Claro que podía ser peor. Y lo fue. A los pocos minutos de entrar en la nebulosa la pobre nave tiró la toalla y todos los sistemas se quedaron a oscuras. Gracias a una vieja dobladora de tubos conseguí abrir la compuerta de la cabina. Con suerte desde ahí podía ver el problema. Y joder si lo vi: la planta jodidamente muerta.

“Estamos bien jodidos,” dijo Alondra mientras picaba otra Simpamina y se la metía por la nariz “mejor disfrutar mientras podamos.” y antes de que pudiera hacer nada la tenía encima sin pantalones y desabrochándome los míos para deslizarme lentamente en ella. Fue lo último lento de aquella situación.

La falta de oxígeno no tardó en hacer lo suyo y nos puso a dormir plácidamente tras el insufriblemente largo y extrañamente erótico proceso de asfixiarnos.



Capítulo 2

Me despertó el sonido del altavoz ahogado por cientos de voces.

“Lote 287A: Una nave Avenger del 29 modificada con la planta de energía quemada. Conserva número de bastidor y no tiene marcas. Se abre la puja en 4.000 créditos.”

Sabor a sangre en la boca, esposado y colgando de una tubería del techo… “La cosa no pinta nada bien”, pensé.

“¡¿Qué coño ha…?!”

“Mira, Clay, parece que ya despierta este skag” Dijo una voz ronca a mi espalda. “Vamos a divertirnos un rato con él… y con su amiguita.”

Un golpe en la base de la cabeza me hizo verlo todo negro otra vez.

“Para de una puta vez, Tig, muertos no valen un carajo. Ya la hemos jodido bastante con la nave.” Replicó una voz desde el fondo de la habitación. El tipo se acercó con parsimonia fumando un estim. “Cuando cobremos lo nuestro te podrás divertir.”

El golpe casi me manda al otro barrio, y me dejó a caballo entre la consciencia y la nada. Apretando el culo miré a mí alrededor para hacerme una idea de la situación. A mi izquierda esposada a un saliente del suelo estaba, inconsciente, Alondra. La habitación estaba pobremente iluminada por unos neones azules en el techo y por la brasa del estim encendido. Por el olor era de los caros. Ningún mobiliario, tuberías fuertes y gordas… imposible salir sin que nos soltasen.

“Vendido por 6.300 créditos. La nave se encuentra en el hangar 0314. Pasemos al siguiente lote…” La voz metálica de la megafonía me sacó de mis alegres pensamientos y me devolvió a la realidad.

“Joder, sólo 6 de los grandes. Espero que el niño y su putita valgan más…” Exclamó el tipo del estim – un hombre nervudo de unos 40 años con pelo rubio recogido en una coleta – “Despierta a la chica, mejor que vean como se mueve.”

Tig se arrodilló a mi lado, justo delante de Alondra y le pegó un par de bofetadas en la cara que hicieron que recobrase el conocimiento. Desorientada miró a su alrededor y comprendió que la mierda nos llegaba hasta tan arriba que íbamos a tener que tragar mucha para ver la luz otra vez. Tranquila y con oficio se dejó conducir por el fortachón, quien se la tendió a Clay. Forcejear ya no valdría de nada y ella lo sabía.

“Aguanta, Alo, te encontraré.” Le dije, como si de fuera el prota de una mala peli de acción, mientras desaparecía por la puerta.

“Hey tío,” me dijo el otro cabrón poniéndose enfrente de mi cara “con suerte te vendemos al mismo comprador. Así podrás ver como se la tira cada…”

La frase quedó cortada cuando mi cabeza chocó con su nariz, echándolo hacia atrás. Puede que no fuese la mejor idea ni me fuese a proporcionar buenos resultados, pero a veces sienta bien darse un capricho. La respuesta no tardó en llegar: el primer derechazo me dio en la mandíbula, el resto parecían encaminados a sacarme la nariz por la nuca.

“Lote 287B: Una chica joven y guapa, perfecta para calentar camas. Se abre la puja en 8.000 créditos.” Gritó el altavoz mientras Clay entraba en la sala ya sin mi chica. Al ver la escena se acercó a su compañero parando la carnicería.

“Relájate, Tig, ya se la has devuelto” dijo Clay poniéndose entre él y yo. “Te gusta forzar tu suerte, ¿eh?” Me dijo levantando mi cara ensangrentada. “Me gusta tu estilo, chaval. Pero como vuelvas a hacer algo así mando a la mierda todo y te rajo la cara ¿nos entendemos? Ahora relájate y disfruta tus últimos momentos como hombre libre.”

El barullo de la sala contigua aumentó mientras Clay me ofrecía un estim.

La megafonía volvió a imponerse con su distorsionado estruendo. “Vendido por 16.250 al barbudo del fondo. Siguiente lote…”

“Venga, chico, nos toca.” Dijo Clay quitándome el cigarrillo de la boca. Con tranquilidad abrió el candado que me unía a las tuberías, y me condujo a empujones hacia la puerta.

El calor de la sala contigua fue lo primero que me recibió, como un martillo, al atravesar la puerta. Lo siguiente fue el olor a humo, sudor y mierda. Una sala no muy grande y sin ventilación llena hasta las paredes de gente fumando y gritando durante horas creaba un ambiente especial y único, sin duda. Por no hablar de la inestimable aportación olfativa de los esclavos que se cagaban ante la perspectiva de su nueva vida.

Clay se arrodilló para enganchar mis cadenas al suelo mientras yo buscaba incesantemente al cabrón que había comprado a mi hermana, completamente ajeno a la sonrisa de Clay mientras trabajaba a mis pies.

“Lote 287C: Un joven fuerte y con energía, ideal para los trabajos más duros. Algo rebelde, pero nada que no se solucione con un poco de látigo. Se abre la puja en 4.000 créditos.”

El sonido de la subasta me llegaba lejano, como si no fuera conmigo. La puja subió unas cuantas veces, alguien gritó que ofrecía 5 si le daban también el látigo. Y de pronto lo encontré. Un tiparraco enorme pegado a una de las puertas del fondo manoseaba a Alondra mientras se reía. Sin esperar ningún resultado tiré con fuerza de las cadenas… y se rompieron dejando un penetrante olor a ozono. Antes de que los subastadores se recuperasen de la sorpresa me lancé con el hombro por delante contra el más cercano, una vez en el suelo me hice con su arma y apreté el gatillo dos veces hacia la cabeza del matón que venía a por mí. El primer disparo le dio en la cadera, en la funda del TASER. La explosión de la batería lo tiró al suelo dejando un rastro de sangre. El segundo impactó, inofensivo, en el techo de la sala.

Aprovechando el tiempo ganado bajé de la tarima disparando un par de veces hacia el público, a donde recordaba que estaba el barbudo, para perderme entre el tumulto. No llegué muy lejos. Una cosa que no te cuentan cuando te venden como esclavo es que te colocan un mecanismo de control remoto dispuesto a arrearte una descarga capaz de hacer que te mees encima. “Al menos alguien va a tener que limpiar esto” me reí antes de perderme otra vez en el sueño vacío de la inconsciencia.


Capítulo 3

Según me dijeron al recuperar la consciencia, ya en mi nuevo hogar – un planetoide rico en cristales con una atmósfera apenas respirable por la baja cantidad de oxígeno –, el espectáculo hizo que mi precio se disparase. De los 4k créditos iniciales se llegó a 10.288. Pagados a tocateja por el sicario de algún magnate minero. Clay podía estar contento, le había salido bien la jugada. A mí no tanto, además de la descarga me habían caído unos cuantos golpes cortesía de los amigos del tío al que le había volado media cadera.

Tardé unas semanas en habituarme al trabajo en las minas. Habiendo trabajado como currito de una de las grandes empresas de construcción la esclavitud sólo incorporaba una moderada ración de castigos físicos y una probabilidad ligeramente superior en cuanto a riesgos laborales. Visto en retrospectiva no era el peor trabajo que había tenido. De hecho, gracias a la política de empresa de no hacer distinciones por currículum, resultó un lugar perfecto para conocer a ingenieros, médicos, químicos y delincuentes varios. Algo más que útil para aprender ciertas cosas provechosas.

Al poco de llegar pude descubrir que los créditos que habían gastado mis padres en mi juerga de 3 años en la universidad no habían sido desperdiciados del todo. Un planeta desconocido resulta el escenario idóneo para hacer prácticas de campo de xenobiología. “Sólo necesito que alguien me firme una hoja de prácticas y fijo que me convalidan alguna asignatura”, pensé cuando, buscando algo para fumar, me descubrí estudiando un hongo – el cual mezclado con agua resultó ser altamente inflamable en presencia de concentraciones normales de oxígeno– en una de las minas.

Gracias a eso – y a otro hongo con efectos más placenteros, perfecto para conciliar el sueño y relajarse – fui introducido en un grupo “sindical” de esclavos. Al parecer llevaban trabajando en ello cerca de 7 meses estándar y habían dejado claras las dos demandas que harían a la patronal: Que nos dejasen clavar sus cabezas en estacas y que nos concediesen naves para largarnos de allí. El grupo estaba bastante bien formado, esperando a la llegada de un estratega capaz que fuese quien de poner los huevos en la mesa. Nuestros diligentes jefes no tardaron ni dos meses en cubrir dichas necesidades con una de las últimas remesas de esclavos. Mr. Bison había sido militar y ahora trabajaba como mercenario. Era un tipo enorme, calvo, hosco y dispuesto a liarla parda si le venían bien dadas. No tardó en organizar nuestra pequeña banda.

“Parece que se empeñen en juntar a gente que les monte revueltas” bromeé con Alyson – una ingeniera pelirroja de sensores de la GNP procedente del sistema Odín con la que intimé– de camino al catre que compartíamos. “No me extrañaría que con el próximo aumento de plantilla nos traigan a un regimiento de marines entrenados”. Las risas dieron paso a algunos besos y éstos al sexo metódico y sin florituras de quien ha estado picando rocas sin descanso durante 12 horas. Cuando se durmió apoyada en mi hombro volví notar las líneas de los latigazos en su cuerpo menudo, fruto de un intento de violación por parte de uno de los esclavistas. A él lo ahorcaron, a ella le enseñaron a latigazos a ocultar toda feminidad. “No semos monstros. Aquí estáis pa’ currar… así que hacer lo que se os dice y no seréis castigados.” Insistió Rust, el capataz de la mina, en la ejecución del violador. “Y no voy dejar que se enviole a nadie. Así que no me joder.”

Casi cinco meses después de la llegada de Bison, el mecanismo de nuestro levantamiento se puso en marcha. Nos fue llamando uno a uno para explicarnos en privado nuestra parte del plan. A mí me tocó escoltar a Alyson mientras inutilizaba los escáneres y las comunicaciones de la base. Luego tendríamos que abrirnos paso hasta el hangar 3b y largarnos de allí.

“Estás listo.” Las preguntas de Bison no llevaban interrogaciones. Parecía que simplemente confirmaba lo que ya sabía. “Una vez fuera no puedes dudar ni fallar… necesitamos que los dejéis ciegos para poder dejar la órbita sin que nos frían a tiros.”

Respiré profundamente, intentando calmar los nervios y la creciente necesidad de vaciar las tripas, y asentí.
Dos horas después estaba agazapado con Alyson en una de las minas abandonadas, cargados de frascos llenos de jugo de hongo inflamable, esperando a las explosiones que nos permitirían acercarnos a la torre de control sin ser vistos. Si yo estaba hecho un flan Alyson parecía a punto de desmayarse.

El espectáculo de luces y sonido fue todo un éxito, el fuego que empezó en el almacén de explosivos pronto llegó a las barracas. El caos estaba servido.

Esperamos varios minutos, escuchando el paso de los aero-jeeps de la guarnición, y salimos a hurtadillas hacia el módulo de la torre. Las ráfagas de disparos se alejaban cada vez más, y las explosiones se sucedían en la zona de los hangares. No habíamos recorrido ni 50 metros cuando vimos a uno de los guardias tratando de arrancar una destartalada aero-moto. Nuestras miradas se cruzaron cuando el arco decreciente del frasco llamó su atención, justo antes de impactarle en la pierna. Sus ojos parecían pedirme una explicación detallada de lo que sucedía. La explosión del tanque de combustible hizo que mitad de su cuerpo saliese volando varios metros. Tras apagar el fuego le quité la maltrecha chaqueta y la gorra y me las puse para tapar mis ropas de esclavo. Alyson se quedó con el bláster que aún colgaba de su hombro.

Al cabo de unos larguísimos minutos llegamos hasta la puerta del módulo, la cual estaba cerrada. Ninguno de los dos sabía forzar la cerradura electrónica, así que llamamos al comunicador. Por suerte no tenía cámara.

“Soy Rust, ya hemos limpao la mina, pero me han jodío el brazo.” Dije imitando lo mejor que pude al viejo capataz. “Venga, no me joder y abrir o se va a haber un follón.”

“Ahora baja Clío a ayudarte, marica” Contestó la voz metálica del comunicador justo antes de abrirse la puerta.
Sin perder un segundo entramos y nos preparamos para recibir al tal Clío. Alyson se escondió detrás de una estantería mientras yo simulaba estar inconsciente. La trampa funcionó de perlas. El inocente matón se acercó a mí para comprobar mi estado entre risas e insultos. En ese momento Alyson salió sigilosa de su escondite y se acercó por la espalda a Clío. “Parece una niña escabulléndose de cama para robar una galleta.” Pensé justo antes de que me salpicase la sangre proveniente del humeante agujero que había aparecido en el pecho del desconcertado guardia. Lamentablemente no traía consigo armas… aunque eso mismo nos dio una esperanzadora idea de la resistencia que íbamos a encontrar.

Reducir a los dos desprevenidos técnicos de radares fue cosa sencilla. En menos de tres minutos los teníamos atados y amordazados. “Ja, menudo sistema de mierda tienen.” Rió Alyson tras unos minutos de tecleo constante. “Nada mal para tener la cabeza oxidada.” Contesté aliviado por poder largarnos de allí, esquivando el juguetón puñetazo que me había ganado con la pulla. La sonrisa de Alyson se congeló en una máscara de tensión cuando la puerta se abrió a mis espaldas. Giré tan rápido como pude apuntando con el bláster desde la cadera a la figura que se acababa de materializar en nuestra vía de escape, dispuesto a partir en dos al pobre diablo que acababa de abrir la puerta… cuando vi la cara ovalada y nívea de Alondra, clavando en mí sus ojos glaucos tras explorar con la vista la sala.

Desconcertado, bajé el arma y me acerqué hacia ella como en un sueño. No tenía sentido que Alo estuviese en ese sitio. Era como la mezcla de pesadillas y fantasías que me habían asediado al llegar a la mina.

“Alo…” dije con un hilo de voz mientras me disponía a darle un abrazo, “¿qué haces aquí?”.

Un súbito y penetrante dolor en el hombro me sirvió para darme cuenta de lo mucho que había malinterpretado la situación. La navaja era otro de los suvenires terranos – a juego con la Simpamina, cuyos efectos relucían en el fondo de sus ojos – que le había dejado de recuerdo un antiguo novio. Con un tirón desencajó la cuchilla de mi hombro, dejándome el tiempo justo para gritar de dolor antes de volver a abalanzarse sobre mí, apuntando al pecho. Mi instinto de supervivencia despertó por fin y la culata del bláster impactó de lleno en la cabeza de Alondra, haciéndola volar sobre una mesa.

“¡Intrusos en torre de control!” Gritó Alondra al comunicador que llevaba en la muñeca mientras me acercaba a ella dispuesto, navaja en mano, a devolverle el efusivo recibimiento.

Alyson me agarró del brazo sano. “Vámonos, aquí ya hemos terminado.” Dijo arrastrándome por el pasillo mientras los insultos de Alondra se mezclaban con las voces que se acercaban hacia nosotros. Al llegar a la salida intenté volcar una estantería para bloquear el camino, pero el creciente dolor y la pérdida de sangre se opusieron a mi intento de ganar tiempo. Alyson, por su parte, tuvo una idea mejor. Colocó el cuerpo del matón muerto a modo de barricada y, con ayuda de dos de las cinco dosis de fuego embotellado que nos quedaban, envolvió el cuerpo del tal Clío en llamas.

Ahora sólo quedaba llegar al hangar y que Bison nos tuviera preparada una confortable nave para salir de allí.

(Continuará)
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[Relato - Trasfondo] H. Heldfield 5 años 4 meses ago #86557

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Últimamente estamos inspirados en el clan, gracias por el aporte me lo he pasado bien leyéndolo, esperando el siguiente capitulo. :P
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[Relato - Trasfondo] H. Heldfield (+18) 5 años 4 meses ago #86559

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Muy bueno shur!

Los mejores en el espacio no se si seremos pero haciendo relatos los numero uno ;) ;)

Esperando a la 2º parte me quedo.
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[Relato - Trasfondo] H. Heldfield (+18) 5 años 4 meses ago #86648

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Me despertó el sonido del altavoz ahogado por cientos de voces.

“Lote 287A: Una nave Avenger del 29 modificada con la planta de energía quemada. Conserva número de bastidor y no tiene marcas. Se abre la puja en 4.000 créditos.”

Sabor a sangre en la boca, esposado y colgando de una tubería del techo… “La cosa no pinta nada bien”, pensé.

“¡¿Qué coño ha…?!”

“Mira, Clay, parece que ya despierta este skag” Dijo una voz ronca a mi espalda. “Vamos a divertirnos un rato con él… y con su amiguita.”

Un golpe en la base de la cabeza me hizo verlo todo negro otra vez.

“Para de una puta vez, Tig, muertos no valen un carajo. Ya la hemos jodido bastante con la nave.” Replicó una voz desde el fondo de la habitación. El tipo se acercó con parsimonia fumando un estim. “Cuando cobremos lo nuestro te podrás divertir.”

El golpe casi me manda al otro barrio, y me dejó a caballo entre la consciencia y la nada. Apretando el culo miré a mí alrededor para hacerme una idea de la situación. A mi izquierda esposada a un saliente del suelo estaba, inconsciente, Alondra. La habitación estaba pobremente iluminada por unos neones azules en el techo y por la brasa del estim encendido. Por el olor era de los caros. Ningún mobiliario, tuberías fuertes y gordas… imposible salir sin que nos soltasen.

“Vendido por 6.300 créditos. La nave se encuentra en el hangar 0314. Pasemos al siguiente lote…” La voz metálica de la megafonía me sacó de mis alegres pensamientos y me devolvió a la realidad.

“Joder, sólo 6 de los grandes. Espero que el niño y su putita valgan más…” Exclamó el tipo del estim – un hombre nervudo de unos 40 años con pelo rubio recogido en una coleta – “Despierta a la chica, mejor que vean como se mueve.”

Tig se arrodilló a mi lado, justo delante de Alondra y le pegó un par de bofetadas en la cara que hicieron que recobrase el conocimiento. Desorientada miró a su alrededor y comprendió que la mierda nos llegaba hasta tan arriba que íbamos a tener que tragar mucha para ver la luz otra vez. Tranquila y con oficio se dejó conducir por el fortachón, quien se la tendió a Clay. Forcejear ya no valdría de nada y ella lo sabía.

“Aguanta, Alo, te encontraré.” Le dije, como si de fuera el prota de una mala peli de acción, mientras desaparecía por la puerta.

“Hey tío,” me dijo el otro cabrón poniéndose enfrente de mi cara “con suerte te vendemos al mismo comprador. Así podrás ver como se la tira cada…”

La frase quedó cortada cuando mi cabeza chocó con su nariz, echándolo hacia atrás. Puede que no fuese la mejor idea ni me fuese a proporcionar buenos resultados, pero a veces sienta bien darse un capricho. La respuesta no tardó en llegar: el primer derechazo me dio en la mandíbula, el resto parecían encaminados a sacarme la nariz por la nuca.

“Lote 287B: Una chica joven y guapa, perfecta para calentar camas. Se abre la puja en 8.000 créditos.” Gritó el altavoz mientras Clay entraba en la sala ya sin mi chica. Al ver la escena se acercó a su compañero parando la carnicería.

“Relájate, Tig, ya se la has devuelto” dijo Clay poniéndose entre él y yo. “Te gusta forzar tu suerte, ¿eh?” Me dijo levantando mi cara ensangrentada. “Me gusta tu estilo, chaval. Pero como vuelvas a hacer algo así mando a la mierda todo y te rajo la cara ¿nos entendemos? Ahora relájate y disfruta tus últimos momentos como hombre libre.”

El barullo de la sala contigua aumentó mientras Clay me ofrecía un estim.

La megafonía volvió a imponerse con su distorsionado estruendo. “Vendido por 16.250 al barbudo del fondo. Siguiente lote…”

“Venga, chico, nos toca.” Dijo Clay quitándome el cigarrillo de la boca. Con tranquilidad abrió el candado que me unía a las tuberías, y me condujo a empujones hacia la puerta.

El calor de la sala contigua fue lo primero que me recibió, como un martillo, al atravesar la puerta. Lo siguiente fue el olor a humo, sudor y mierda. Una sala no muy grande y sin ventilación llena hasta las paredes de gente fumando y gritando durante horas creaba un ambiente especial y único, sin duda. Por no hablar de la inestimable aportación olfativa de los esclavos que se cagaban ante la perspectiva de su nueva vida.

Clay se arrodilló para enganchar mis cadenas al suelo mientras yo buscaba incesantemente al cabrón que había comprado a mi hermana, completamente ajeno a la sonrisa de Clay mientras trabajaba a mis pies.

“Lote 287C: Un joven fuerte y con energía, ideal para los trabajos más duros. Algo rebelde, pero nada que no se solucione con un poco de látigo. Se abre la puja en 4.000 créditos.”

El sonido de la subasta me llegaba lejano, como si no fuera conmigo. La puja subió unas cuantas veces, alguien gritó que ofrecía 5 si le daban también el látigo. Y de pronto lo encontré. Un tiparraco enorme pegado a una de las puertas del fondo manoseaba a Alondra mientras se reía. Sin esperar ningún resultado tiré con fuerza de las cadenas… y se rompieron dejando un penetrante olor a ozono. Antes de que los subastadores se recuperasen de la sorpresa me lancé con el hombro por delante contra el más cercano, una vez en el suelo me hice con su arma y apreté el gatillo dos veces hacia la cabeza del matón que venía a por mí. El primer disparo le dio en la cadera, en la funda del TASER. La explosión de la batería lo tiró al suelo dejando un rastro de sangre. El segundo impactó, inofensivo, en el techo de la sala.

Aprovechando el tiempo ganado bajé de la tarima disparando un par de veces hacia el público, a donde recordaba que estaba el barbudo, para perderme entre el tumulto. No llegué muy lejos. Una cosa que no te cuentan cuando te venden como esclavo es que te colocan un mecanismo de control remoto dispuesto a arrearte una descarga capaz de hacer que te mees encima. “Al menos alguien va a tener que limpiar esto” me reí antes de perderme otra vez en el sueño vacío de la inconsciencia.

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(Continuará)
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[Relato - Trasfondo] H. Heldfield (+18) 5 años 3 meses ago #89585

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Tercer apasionante capítulo del relato menos esperado de los últimos años.

Capítulo 3

Según me dijeron al recuperar la consciencia, ya en mi nuevo hogar – un planetoide rico en cristales con una atmósfera apenas respirable por la baja cantidad de oxígeno –, el espectáculo hizo que mi precio se disparase. De los 4k créditos iniciales se llegó a 10.288. Pagados a tocateja por el sicario de algún magnate minero. Clay podía estar contento, le había salido bien la jugada. A mí no tanto, además de la descarga me habían caído unos cuantos golpes cortesía de los amigos del tío al que le había volado media cadera.

Tardé unas semanas en habituarme al trabajo en las minas. Habiendo trabajado como currito de una de las grandes empresas de construcción la esclavitud sólo incorporaba una moderada ración de castigos físicos y una probabilidad ligeramente superior en cuanto a riesgos laborales. Visto en retrospectiva no era el peor trabajo que había tenido. De hecho, gracias a la política de empresa de no hacer distinciones por currículum, resultó un lugar perfecto para conocer a ingenieros, médicos, químicos y delincuentes varios. Algo más que útil para aprender ciertas cosas provechosas.

Al poco de llegar pude descubrir que los créditos que habían gastado mis padres en mi juerga de 3 años en la universidad no habían sido desperdiciados del todo. Un planeta desconocido resulta el escenario idóneo para hacer prácticas de campo de xenobiología. “Sólo necesito que alguien me firme una hoja de prácticas y fijo que me convalidan alguna asignatura”, pensé cuando, buscando algo para fumar, me descubrí estudiando un hongo – el cual mezclado con agua resultó ser altamente inflamable en presencia de concentraciones normales de oxígeno– en una de las minas.

Gracias a eso – y a otro hongo con efectos más placenteros, perfecto para conciliar el sueño y relajarse – fui introducido en un grupo “sindical” de esclavos. Al parecer llevaban trabajando en ello cerca de 7 meses estándar y habían dejado claras las dos demandas que harían a la patronal: Que nos dejasen clavar sus cabezas en estacas y que nos concediesen naves para largarnos de allí. El grupo estaba bastante bien formado, esperando a la llegada de un estratega capaz que fuese quien de poner los huevos en la mesa. Nuestros diligentes jefes no tardaron ni dos meses en cubrir dichas necesidades con una de las últimas remesas de esclavos. Mr. Bison había sido militar y ahora trabajaba como mercenario. Era un tipo enorme, calvo, hosco y dispuesto a liarla parda si le venían bien dadas. No tardó en organizar nuestra pequeña banda.

“Parece que se empeñen en juntar a gente que les monte revueltas” bromeé con Alyson – una ingeniera pelirroja de sensores de la GNP procedente del sistema Odín con la que intimé– de camino al catre que compartíamos. “No me extrañaría que con el próximo aumento de plantilla nos traigan a un regimiento de marines entrenados”. Las risas dieron paso a algunos besos y éstos al sexo metódico y sin florituras de quien ha estado picando rocas sin descanso durante 12 horas. Cuando se durmió apoyada en mi hombro volví notar las líneas de los latigazos en su cuerpo menudo, fruto de un intento de violación por parte de uno de los esclavistas. A él lo ahorcaron, a ella le enseñaron a latigazos a ocultar toda feminidad. “No semos monstros. Aquí estáis pa’ currar… así que hacer lo que se os dice y no seréis castigados.” Insistió Rust, el capataz de la mina, en la ejecución del violador. “Y no voy dejar que se enviole a nadie. Así que no me joder.”

Casi cinco meses después de la llegada de Bison, el mecanismo de nuestro levantamiento se puso en marcha. Nos fue llamando uno a uno para explicarnos en privado nuestra parte del plan. A mí me tocó escoltar a Alyson mientras inutilizaba los escáneres y las comunicaciones de la base. Luego tendríamos que abrirnos paso hasta el hangar 3b y largarnos de allí.

“Estás listo.” Las preguntas de Bison no llevaban interrogaciones. Parecía que simplemente confirmaba lo que ya sabía. “Una vez fuera no puedes dudar ni fallar… necesitamos que los dejéis ciegos para poder dejar la órbita sin que nos frían a tiros.”

Respiré profundamente, intentando calmar los nervios y la creciente necesidad de vaciar las tripas, y asentí.
Dos horas después estaba agazapado con Alyson en una de las minas abandonadas, cargados de frascos llenos de jugo de hongo inflamable, esperando a las explosiones que nos permitirían acercarnos a la torre de control sin ser vistos. Si yo estaba hecho un flan Alyson parecía a punto de desmayarse.

El espectáculo de luces y sonido fue todo un éxito, el fuego que empezó en el almacén de explosivos pronto llegó a las barracas. El caos estaba servido.

Esperamos varios minutos, escuchando el paso de los aero-jeeps de la guarnición, y salimos a hurtadillas hacia el módulo de la torre. Las ráfagas de disparos se alejaban cada vez más, y las explosiones se sucedían en la zona de los hangares. No habíamos recorrido ni 50 metros cuando vimos a uno de los guardias tratando de arrancar una destartalada aero-moto. Nuestras miradas se cruzaron cuando el arco decreciente del frasco llamó su atención, justo antes de impactarle en la pierna. Sus ojos parecían pedirme una explicación detallada de lo que sucedía. La explosión del tanque de combustible hizo que mitad de su cuerpo saliese volando varios metros. Tras apagar el fuego le quité la maltrecha chaqueta y la gorra y me las puse para tapar mis ropas de esclavo. Alyson se quedó con el bláster que aún colgaba de su hombro.

Al cabo de unos larguísimos minutos llegamos hasta la puerta del módulo, la cual estaba cerrada. Ninguno de los dos sabía forzar la cerradura electrónica, así que llamamos al comunicador. Por suerte no tenía cámara.

“Soy Rust, ya hemos limpao la mina, pero me han jodío el brazo.” Dije imitando lo mejor que pude al viejo capataz. “Venga, no me joder y abrir o se va a haber un follón.”

“Ahora baja Clío a ayudarte, marica” Contestó la voz metálica del comunicador justo antes de abrirse la puerta.
Sin perder un segundo entramos y nos preparamos para recibir al tal Clío. Alyson se escondió detrás de una estantería mientras yo simulaba estar inconsciente. La trampa funcionó de perlas. El inocente matón se acercó a mí para comprobar mi estado entre risas e insultos. En ese momento Alyson salió sigilosa de su escondite y se acercó por la espalda a Clío. “Parece una niña escabulléndose de cama para robar una galleta.” Pensé justo antes de que me salpicase la sangre proveniente del humeante agujero que había aparecido en el pecho del desconcertado guardia. Lamentablemente no traía consigo armas… aunque eso mismo nos dio una esperanzadora idea de la resistencia que íbamos a encontrar.

Reducir a los dos desprevenidos técnicos de radares fue cosa sencilla. En menos de tres minutos los teníamos atados y amordazados. “Ja, menudo sistema de mierda tienen.” Rió Alyson tras unos minutos de tecleo constante. “Nada mal para tener la cabeza oxidada.” Contesté aliviado por poder largarnos de allí, esquivando el juguetón puñetazo que me había ganado con la pulla. La sonrisa de Alyson se congeló en una máscara de tensión cuando la puerta se abrió a mis espaldas. Giré tan rápido como pude apuntando con el bláster desde la cadera a la figura que se acababa de materializar en nuestra vía de escape, dispuesto a partir en dos al pobre diablo que acababa de abrir la puerta… cuando vi la cara ovalada y nívea de Alondra, clavando en mí sus ojos glaucos tras explorar con la vista la sala.

Desconcertado, bajé el arma y me acerqué hacia ella como en un sueño. No tenía sentido que Alo estuviese en ese sitio. Era como la mezcla de pesadillas y fantasías que me habían asediado al llegar a la mina.

“Alo…” dije con un hilo de voz mientras me disponía a darle un abrazo, “¿qué haces aquí?”.

Un súbito y penetrante dolor en el hombro me sirvió para darme cuenta de lo mucho que había malinterpretado la situación. La navaja era otro de los suvenires terranos – a juego con la Simpamina, cuyos efectos relucían en el fondo de sus ojos – que le había dejado de recuerdo un antiguo novio. Con un tirón desencajó la cuchilla de mi hombro, dejándome el tiempo justo para gritar de dolor antes de volver a abalanzarse sobre mí, apuntando al pecho. Mi instinto de supervivencia despertó por fin y la culata del bláster impactó de lleno en la cabeza de Alondra, haciéndola volar sobre una mesa.

“¡Intrusos en torre de control!” Gritó Alondra al comunicador que llevaba en la muñeca mientras me acercaba a ella dispuesto, navaja en mano, a devolverle el efusivo recibimiento.

Alyson me agarró del brazo sano. “Vámonos, aquí ya hemos terminado.” Dijo arrastrándome por el pasillo mientras los insultos de Alondra se mezclaban con las voces que se acercaban hacia nosotros. Al llegar a la salida intenté volcar una estantería para bloquear el camino, pero el creciente dolor y la pérdida de sangre se opusieron a mi intento de ganar tiempo. Alyson, por su parte, tuvo una idea mejor. Colocó el cuerpo del matón muerto a modo de barricada y, con ayuda de dos de las cinco dosis de fuego embotellado que nos quedaban, envolvió el cuerpo del tal Clío en llamas.

Ahora sólo quedaba llegar al hangar y que Bison nos tuviera preparada una confortable nave para salir de allí.

(Continuará)
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[Relato - Trasfondo] H. Heldfield (+18) 5 años 3 meses ago #89586

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Menudo curro, no había visto yo esto. Mola mucho :P

Un saludo!
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[Relato - Trasfondo] H. Heldfield (+18) 5 años 3 meses ago #89605

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Ya el tercero y yo con el segundo pendiente :blush:

Haber si me termino el DAI que no me deja tiempo para nada :P
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[Relato - Trasfondo] H. Heldfield (+18) 5 años 3 meses ago #89717

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Pues dale gas, jefe, que leer relatos siempre mola.
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[Relato - Trasfondo] H. Heldfield (+18) 4 años 10 meses ago #107908

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Mmm, no me deja editar el primer mensaje para añadirlo al tocho-post. Así que lo suelto aquí.

Capítulo 4


La lucha por el hangar había sido rápida y violenta. A nuestra llegada la estampa parecía sacada de una mala peli post-apocalíptica: Cadáveres por doquier, pequeños focos de incendios y Mr. Bison, cubierto de hollín y sangre, fumando un puro sacado de Dios sabe dónde.

-Al menos habéis desconectado los sistemas. - Respondió encogiéndose de hombros tras escuchar nuestro informe. - Iréis en la misma nave. - Inquirió con una afirmación, dando por sentada la respuesta. - Y véndate eso, chico.

El hangar guardaba una pequeña flota de lo más variopinta: Desde pequeñas Auroras modificadas hasta una Freelancer con suficientes misiles como para tumbar una Idris. Cuando nos llegó el turno toda nave apta para el combate estaba llena hasta los topes, así que nos metimos en una Mustang Beta pintada como una fulana del peor barrio de Cassel. No era una nave preparada para ganar una carrera, una batalla o un concurso de belleza, pero tendría que valer para escapar de esa roca olvidada por Dios y su madre. Y además tenía un sofá la hostia de cómodo en el que me dejé caer mientras Alyson se sentaba a los mandos. Aparentemente, a juzgar por los diversos ‘utensilios’ y la ropa de chica que había por el sofá, la pintura exterior era acorde al trabajo que desempeñaba la nave.

Tras un pequeño hackeo consiguió iniciar la nave y nos pusimos en movimiento, siguiendo la estela del resto de naves que abandonaban la viciada atmósfera del planetoide. Íbamos ganando velocidad cuando el comunicador rugió con la voz áspera de Mr. Bison “Enseñémosles a esos cuerpo-escombros de lo que somos capaces. ¡MANTENEOS FUERTES!”.

Esta vez no hubo factor sorpresa. Los radares de la Connie que nos esperaba en órbita nos habían detectado mucho antes de salir de la débil atmósfera. La primera en caer fue la Lancer; luego se desató el infierno. Vimos caer a la mayoría de la flotilla en cuestión de segundos. Entre la vorágine de destrucción vimos a Bison, a los mandos de una Hornet semidestruida, lanzándose de morro contra el puente de mando de la Connie y soltando una ristra de misiles a quemarropa.

Evitando el fuego más pesado nos desviamos, acompañados por una de las Auroras hacia el salto más próximo. Estábamos llegando al Punto de Salto, saboreando ya la libertad, cuando el radar nos mandó de vuelta a la realidad. Una de las Vanguard nos había seguido el rastro en busca de presas fáciles.

Nos ganaba terreno a pasos agigantados. Ni en nuestros sueños más húmedos podríamos dejar atrás a una nave como esa. La cosa era si podríamos llegar al salto antes de que nos hiciese pedazos.

Alyson exprimía al máximo los pequeños motores de la Mustang, agarrada a los mandos con tanta fuerza que parecía a punto de partir la endeble maquinaria de la nave. Con todo, a cada segundo disminuía la distancia entre nosotros y nuestro perseguidor.

-6.000 metros y bajando… - Me comunicó Alyson. - Vamos a estar a distancia de tiro mucho antes de poder saltar. Agárrate.

Y así fue. Nos empezó a freír con los láseres en cuanto nos tuvo cerca. Los escudos resplandecían como los neones de Prime con cada impacto que nos llegaba. A la Aurora no le iba mejor, menos maniobrable que nuestra Mustang se veía en apuros para esquivar el fuego que se concentraba sobre ella y, por extensión, sobre nosotros. Pese a ello y a las repetidas órdenes de Alyson para que alterase el rumbo, el muy cabrón no se despegaba de nosotros. Por fin, el ordenador de abordo emitió un aviso cuando la nave se sincronizó con el Punto de Salto. Según nos dijo nos dirigíamos a Leir. Mal asunto, pero no nos quedaba otra.
En ese momento un par de golpes secos en el fuselaje nos avisaron que acabábamos de entrar en rango de tiro de la munición balística de la Vanguard.

-¡Mierda!, un poco más. - Masculló Alyson mientras zigzagueaba bajo el fuego pesado.

Notamos unos pocos impactos más en el casco de la nave, pero lo peor se lo llevó la pequeña Aurora que nos seguía cerca del ala de estribor. Demasiado cerca. Notamos la explosión de su combustible como si fuera una supernova, haciéndonos girar sin control y llevándose parte del fuselaje con ella. Y nos metimos de lleno en la anomalía.





Salimos despedidos al poco de entrar, todavía dando vuelvas sin control. Seguíamos vivos… pero a saber dónde. Al cabo de unos angustiosos segundos centrifugando cual lavadora, Alyson consiguió poner control a la nave y apagó los motores.

- Hugh… ¿Estás bien? - Dije intentando levantarme del sofá trasero de la nave-burdel. Como resultado del esfuerzo sólo conseguí caerme al suelo y empezar a vomitar.

- Sí. No puedo creer que hayamos sobrevivido. – Contestó soltando los mandos y desplomándose en el asiento. – A saber dónde hemos acabado…

Después de unos minutos para reponernos comenzamos a hacer las comprobaciones pertinentes. Seguíamos en el Sistema Oberon, aunque bastante más cerca de la Heliopausa que del núcleo. La nave estaba dañada pero seguía funcionando, aunque no teníamos combustible suficiente como para realizar un salto.

Trasteando en el MobiGlass que había en la nave estudiamos un poco nuestras opciones. Por un lado Uriel, un planeta que había sufrido una terraformación fallida cuya descripción en la Galactapedia incluía cosas tan poco prometedoras como “pobre en recursos”, “sociedad tribal subterránea” e “insectos devoradores de materia orgánica”. La otra opción era Glonn, el cuarto planeta del sistema, nos ofrecería la mejor posibilidad para pedir ayuda. Aunque también había bastantes posibilidades de encontrar a alguien entre la comunidad minera que trabajase para quienes nos habían capturado y esclavizado en un planetoide cercano. Tras sopesarlo mucho decidimos probar suerte en Uriel.

Sustituí a Alyson a los mandos para que se repusiera de la aventura y empezamos la marcha. Tras unas horas a velocidad Quantum llegamos renqueando a la órbita de Uriel. Confiando en que no cruzarnos con nadie que reconociera la nave entramos en la atmósfera buscando un lugar donde aterrizar.

- Aly, despierta, la entrada va a ser dura. Y cámbiate de ropa.

Los daños de la nave imposibilitaban un buen vuelo atmosférico. Íbamos muy rápido y la nave se estaba calentando demasiado. Un par de piezas se desprendieron por el brusco descenso hasta que conseguí enderezar la nave y mantener altura lo suficiente como para comenzar a escanear la superficie del planeta buscando algún asentamiento minero de los que hablaba la guía.

(Continuará)
Última Edición: 4 años 10 meses ago por Heldfield.
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[Relato - Trasfondo] H. Heldfield (+18) 4 años 10 meses ago #107909

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  • Existen dos tipos de persona: los que poseen naves Origin y los que no. Hay que evitar que se reproduzcan los primeros.
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Joder, por fin!
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[Relato - Trasfondo] H. Heldfield (+18) 4 años 10 meses ago #107925

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Que conste que ya está todo escrito, pero lo publico cada mucho tiempo para que sea lo más parecido posible a la obra de CR. El próximo capítulo saldrá con el módulo social xD.
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[Relato - Trasfondo] H. Heldfield (+18) 4 años 10 meses ago #108064

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Muy buen relato, molaría que esto lo pudieses publicar ingame para sacar un sobresueldo que luego yo te robaré con sus ventas.

Lo único malo que veo es que pones a los distintos piratas como mala gente y como sucios esclavistas. Con lo buena gente que somos...

Espero con impaciencia el próximo capítulo. A ver si lo consigues publicar antes de que salga Winds of Winter.
Última Edición: 4 años 10 meses ago por Pirata Roberts.
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[Relato - Trasfondo] H. Heldfield (+18) 4 años 10 meses ago #108146

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Gracias, señor Pirata Roberts.

Aprecio la crítica, aunque los buenos de Clay y Tig no creo que queden en tan mal lugar... tienen su corazoncito.

En cuanto a la publicación de historias dentro del juego sería un filón, la verdad. Ya me veo escribiendo en los largos viajes con mi DUR - y más si se cumplen los rumores y tengo que dar vueltas por no poder entrar en JP pequeños-. Y sois bienvenido, señor pirata, pero tened presente que posiblemente cuente con una o dos RAG mascotas en mi bodega de carga.

Sigo las enseñanzas de Martin a la hora de mantener una periodicidad en las publicaciones. Próxima entrega a la venta en vuestros MobiGlas cuando salga el módulo social xD.
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