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TEMA: Rosa Negra

Rosa Negra 4 años 5 meses ago #124116

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Capítulo 1: El Taxista



Aldo, era un taxista experto en el duro tráfico de las calles de Nueva York. Tenía unos 46 años y había volcado su vida en el trabajo, un trabajo que detestaba. El corpulento hombre de piel tostada observó por el rabillo del ojo como una señora trajeada levantaba el brazo y articulaba unas palabras, inmediatamente se detuvo y pulsó un botón verde intermitente en el pad central de su taxi. La señora corrió hacia el coche, tapándose la cabeza con su maletín para resguardarse de la lluvia.

-Buenas noches señor –dijo la señora entre jadeos recuperando el aliento al entrar en la nave mientras cerraba la puerta rápidamente y se frotaba las manos para entrar en calor. –Buenas noches –contestó Aldo.

-Tengo una cita en diez minutos en el pub Largo y Corto, avenida Longdale número 12 –comentó apresuradamente la señora mientras con el brazo extendido señalaba con su dedo índice por la luna delantera de la nave el final de la calle.

-Allá vamos, llegará en cinco –contestó Aldo girando su cabeza hacia el asiento trasero y dedicando una amplia sonrisa de fumador a la señora mientras que con su mano derecha programaba en el pad la ruta.

Las calles de la ciudad a esas horas los sábados solían estar llenas, pero hoy no es un día bueno para trabajar, hay poca gente, poco tráfico, poco dinero. Aldo pasaba muchas horas parado esperando que llegase un cliente, demasiado tiempo quieto sin hacer nada, demasiado tiempo para pensar que eres tan pequeño como un grano de arena en comparación con la inmensidad del universo.

Esa misma noche, aburrida, oscura y solemne, decidió terminar su carrera como taxista.

Llevó su nave a la central de taxi. Había un grupo de cuatro compañeros apoyados en una de las naves aparcadas tomándose un café, charlando y riéndose aprovechando su hora de descanso. Aldo aparcó en una plaza cercana a la reunión y bajó de su taxi. Miró detenidamente a cada uno, pensó intentar aguantar el rostro serio, así le preguntaría qué ocurría y él podría explicar que quería dejar el trabajo, que no se sentía cómodo, pero eso era demasiado difícil, el protocolo social que llevamos incrustado los humanos en la cabeza le obligó a esbozar una sonrisa, tocar el hombro del más cercano y seguir caminando.

Aldo tocó la puerta de la oficina de su jefe mientras por la pequeña ventana que tenía en el centro asomaba su cabeza y sonreía al obeso hombre sentado dentro del despacho, éste asintió y devolvió otra sonrisa. Al entrar, Aldo se encontraba nervioso, no sabía cómo actuar, ni siquiera sabía qué es lo que estaba haciendo, pero algo dentro de él, le decía que tenía que hacerlo, así que lo hizo lo más rápido posible. Tomó las llaves de su taxi en la mano, las dejó con decisión en la mesa y miró a los ojos a su objetivo. –Lo dejo James, lo siento... –el jefe ni siquiera pudo articular una sola palabra, pues Aldo en cuanto se pronunció, se giró automáticamente y salió de la oficina.

Al salir de la central, la lluvia se había intensificado, caía con rabia. -¿Ahora qué? –se preguntó Aldo en voz baja a sí mismo, desconcertado por su futuro e inconsciente de lo que acababa de hacer.

Su sueldo no era muy bueno que digamos, apenas le llegaba para pagar las facturas.

Camino a casa no le importaba mojarse, estaba confuso, lo único que sabía hacer era conducir, era un buen piloto, se intentaba convencer a sí mismo de ello al menos.

Entrando en la zona de su barrio, avistó al final de la calle dos figuras que le llamaron la atención, ya que una de ellas gritaba y tenía los brazos levantados, mientras que la otra mantenía un brazo firme apuntando al rostro de la primera.

A medida que se iba acercando, Aldo pudo descifrar lo que los gritos decían.

-¡Dame de una puta vez la pasta zorra! –gritó la figura amenazante.

-Por favor, no me haga daño, solo tengo un par de monedas, se las daré, pero no me mate. –sollozaba la otra de las figuras mientras rebuscaba en su bolso muy nerviosa esas monedas.

Aldo se paró en seco al percatarse de la situación y se quedó bloqueado. Estaba dentro del campo de visión del atracador y éste se dio cuenta de ello. Entonces agarró a la víctima del hombro con su mano izquierda mientras que con la derecha cambio de objetivo y apuntó a Aldo. -¡Eh tú, ven aquí rápido, te juro que te meto un balazo como no vengas! –increpó el atracador cada vez más histérico.

-Tranquilo hombre, tranquilo, ya voy. –contestó Aldo bastante nervioso y asustado, mientras levantaba las manos y se acercaba lentamente hacia el atracador. Notaba como sus piernas apenas le respondían. Le iba el corazón muy rápido y todo su cuerpo le temblaba.

-¡¿Cómo te llamas?!

-Aldo.

-Bien Aldo, vas a hacer lo que yo te diga: vas a darme ese reloj tan bonito, todo el dinero que tengas, tu teléfono móvil y vas a buscar en el bolso de esta zorra todo el dinero que encuentres, luego lo dejarás justo aquí. –indicó el atracador mientras con la pistola a modo de señal golpeaba el capó de la nave que estaba justo a su izquierda aparcada.

Aldo muy nervioso se quitó como pudo su reloj, ya que las manos le temblaban demasiado, buscó en sus bolsillos un par de monedas, un billete arrugado y lo puso en el capó. Mientras lo hacía una de las monedas se le cayó de la mano y rodó debajo del coche, el asustado hombre se agachó automáticamente tras ella, lo que hizo que otra de las monedas cayese también al suelo. El atracador se empezaba a poner muy nervioso y con la empuñadura de la pistola golpeó la sien de la muchacha que tenía como rehén dejándola caer al suelo inconsciente, luego agarró con fuerza el arma con ambas manos y apuntó hacia Aldo. –Rápido, me estás poniendo nervioso –Aldo desconcertado observó a la muchacha y como le sangraba la cabeza, se quedó sentado en el suelo y luego miró al atracador. Pensó que acababa de dejar su trabajo y que posiblemente muriese, se dio cuenta que lo que más le asustaba no era eso, sino que realmente… Le daba igual…

El atracador muy impaciente acercó el cañón de su arma a la frente de Aldo al ver que éste no respondía y permanecía inmóvil… La mirada de Aldo, estaba perdida.

La lluvia golpeaba el húmedo techo improvisado de cartón haciendo que el insoportable olor inundase el pequeño espacio que Brand tenía para dormir. Encogido sobre sus rodillas, tiritando y apretando con fuerza sus ojos, el hombre de 32 años intentaba conciliar el sueño… Cuando conseguía perderse por el mundo rem, el fuerte estruendo de las turbinas de alguna nave que sobrevolara el callejón dónde estaba lo volvía a despertar… Una cicatriz le cruzaba la cara diagonalmente, la barba descuidada y el pelo negro, largo y desaliñado completaban el cuadro de aquel vagabundo. La pálida piel de su cuerpo, especialmente sus manos, estaba curtida y desvelaban el secreto de una dura vida de trabajo militar, una vida que quedó atrás… Uno de sus zapatos estaba tan roído que asomaba la uña del dedo pulgar. El resto de su ropa: una sudadera gris con agujeros, bien cerrada, con el gorro ajustado a sus mejillas y un pantalón vaquero en el mismo estado que el resto de su conjunto.

Agarró con fuerza su chaqueta, envolviéndose a sí mismo entre sus brazos con la inútil intención de acabar con el frío y volvió a cerrar los ojos.

–No, por favor –murmuró para sí mismo en sueños.

La noche acababa de comenzar y la actividad en las calles de Nueva York iba apagándose progresivamente como un fuego que se extingue al no quedar más madera que quemar.

El estruendo de un disparo despertó a Brand de su tan esperado y difícil de conseguir sueño. Todo quedó en silencio. El joven se levantó rápidamente y corrió hacia la fuente del ruido. En la salida del callejón, la calle que lo cortaba, se encontró de pleno con la escena.

Aldo estaba de rodillas, ahora con los brazos en alto, ya que el disparo de advertencia al aire lo sacó de su trance, muerto de miedo. La joven inconsciente en el suelo sangrando por la cabeza y un puñado de monedas con un billete y un reloj en el capó del vehículo más cercano. La lógica hizo que Brand pensase que el disparo fue en la cabeza de aquella mujer y que el siguiente sería Aldo.

-¡Eh, tío, baja el arma! –gritó Brand al atracador por su derecha saliendo del callejón lentamente con sus dos brazos hacia adelante haciendo un gesto de calma con las manos.

El atracador nervioso se giró rápidamente, que al ver tan cerca a Brand se asustó y disparó sin pensar. La bala impactó sobre éste derribándolo.

Al analizar los hechos detenidamente, el atracador se dio cuenta que tenía que huir, no tuvo tiempo ni para recoger su botín, salió disparado calle abajo.

Cuando Aldo lo perdió de vista, corrió hacia Brand para ver si el vagabundo seguía con vida.

-¿Estás bien, puedes oírme?

-Sí…

Brand estaba tendido sujetándose su brazo izquierdo con la mano derecha, al parecer la bala solo le había rozado y hecho un pequeño corte cauterizado.

-Me has salvado, gracias –regaló Aldo junto con una sonrisa.

-La chica…

-Solo está inconsciente, ese cabrón le golpeó con la culata en la cabeza ¿quieres que te acompañe a un hospital?

-No gracias, solo es un roce, lo desinfectaré con whiskey y me lo vendaré.

-Entonces mejor que ese brebaje sea de calidad, ya que te debo una, te invito. –Brand asintió.

Ambos se levantaron y fueron hacia la chica, esperaron a que recuperara la consciencia y le hicieron llamar a la guardia, luego se fueron ya que decidieron no involucrarse.

Fueron a un pub cercano, justo debajo de la casa de Aldo. Los dos estaban empapados, sin embargo Aldo se sentía mucho mejor, como si esa experiencia le hubiese abierto los ojos, estaba más despierto.

El lugar era algo lúgubre, la luz era muy tenue, una barra circular con un par de tipos en el extremo opuesto a la puerta y un barman en el centro abrillantando con un trapo la madera de ésta.

La puerta se cerró sola tras ellos. – ¿Qué va a ser? –preguntó el camarero al observar como los dos nuevos sujetos en su local tomaban asiento.

-Pónganos dos bourbon por favor –contestó Aldo señalando con su índice derecho una de las botellas de la estantería tras el barman.

El camarero sirvió dos vasos y llenó tres dedos de ambos con la botella escogida. Mientras tanto, ni Aldo, ni Brand se dijeron una sola palabra, tan solo se limitaron a observarse entre ellos, miradas que valían más que las preguntas y las respuestas.

-Bueno, de nuevo gracias por haber asustado a ese hijo de puta –comentó Aldo tras un suspiro, otra vez instigado por el protocolo social, con el propósito de romper el silencio.

-No me hubiese gustado ver a la guardia varios días en mi callejón investigando un homicidio –respondió Brand con voz apagada mirando hacia sus pies.

-¿Acaso vives en la calle?

-¿No ves que pintas llevo? –arremetió Brand molesto por la supuesta hipocresía de su nuevo amigo.

Aldo asintió, bajó la mirada y dio un trago.

-¿A qué te dedicas? –preguntó Brand curioso.

-He sido taxista 28 años, acabo de dejarlo hoy –dijo Aldo mientras que en ese instante tras la pregunta, mientras articulaba las palabras, recordaba cada segundo de aquella noche.

-¿Por qué?

-Quiero hacer algo distinto, algo que me divierta o me dé mucho dinero.

-Eso queremos todos…

-¿Con qué te hiciste eso? –preguntó Aldo repitiendo el patrón de la cicatriz de Brand en su cara con el dedo.

-Fui militar, en una explosión, un objeto se me hundió en el rostro –explicaba Brand mientras hacía unos gestos grotescos con su cara.

Aldo contestó con una mueca de dolor mientras se sobrecogía.

-Disculpa, no me gusta hablar de mí ni de mi pasado, te agradezco el whiskey y la compañía, pero estoy bien así –intentó terminar Brand mientras miraba hacia la puerta.

Ambos se vieron interrumpidos porque la riña de los dos hombres del otro extremo de la barra subió el nivel de voz.

-¿Y ahora de dónde vamos a sacar un conductor, es muy complicado encontrar alguien con mucha experiencia? –dijo uno

-Prefiero esperar y encontrar a alguien que sepa llevar una nave antes de que cojamos a otro niñato de alguna banda y la estrelle, o incluso peor, la robe. –contestó el otro.

De repente los ojos de Aldo se iluminaron y un impulso le recorrió todo el cuerpo, lo hizo levantarse y dirigirse a los hombres. Brand, desconcertado, se levantó y se situó tras él.

-Buenas noches caballeros –introdujo Aldo. Los dos hombres lo miraron con mala cara, asombrados por la inesperada intromisión. –No he podido evitar escuchar su conversación y casualmente hoy, después de 28 años de servicios, he dejado los taxis, tengo un amplio control sobre el manejo de las naves y me gustaría conocer qué beneficios obtendría conduciendo para ustedes.

Los dos hombres soltaron una carcajada que resonó en todo el antro. Brand le puso una mano en el hombro a Aldo y tiró levemente de él en señal de retirada.

-¿Crees que llevar una Freelancer con 30 toneladas de una “mercancía especial valiosa” a Marte es lo mismo que conducir tu sucia nave-taxi por las calles de Nueva York? –se burló uno de los siniestros hombres mientras continuaba su risotada.

-Puedo hacerlo –contestó Aldo muy seguro.

-Bien listillo, pues estate mañana en esta dirección y te haremos una prueba. –finalizó el otro hombre, presionando contra el enorme pecho de Aldo un papel roto con una dirección escrita mientras los dos se levantaban e iban saliendo del bar.

Aldo sonrió y observó cómo salían los dos hombres del bar. Brand negó con su cabeza y volvió al asiento… Había visto a esos tipos por el barrio antes, iban enchaquetados, trajes negros, camisas negras, corbatas rojas. Eran una especie de banda bien organizaba que se dedicaba al contrabando y a las drogas. Aldo por el contrario, no era consciente de nada de esto, era como un niño que acaba de salir de su burbuja.

-No creo que hagas bien en ir a eso… Esos tipos son peligrosos, los he visto antes –le advirtió Brand.
Aldo se acomodó a su lado y le puso una mano en la espalda. –No te preocupes, me da igual, seguro que me pagarán mejor que en esa mierda de los taxis.

-¿Vas a saber llevar una Freelancer? Son naves muy grandes.

-Sí… Ya he conducido una antes, hace años, en un concesionario.

Ambos comenzaron a reír, Brand tardó un par de segundos antes de empezar.

-Mira, algo me dice que mañana vas a cagarla de alguna forma y no debería, pero voy a acompañarte si no te importa, al menos para asegurarme que no ocurre nada –dijo orgulloso Brand, sintiéndose protector de Aldo.

-No te ofendas, pero ni siquiera sé tu nombre… Ya sé que me has salvado antes, y no me importaría, pero… ¿Estás seguro?

-Me llamo Brand, y sí, te acompañaré.

-Yo soy Aldo.

Ambos estrecharon la mano y bebieron cuatro rondas más antes de ir a casa de Aldo.

-Oye… Si consigues ese trabajo, yo me uniría a tu tripulación como soldado, no puedes ir solo por ahí sin tener ni idea de cómo defenderte –sugirió Brand, ya muy borracho, mientras se tambaleaba por la calle de camino a casa de Aldo, poniéndole una mano en el hombro a éste.

-Claro claro, sin duda recurriría a ti –respondió Aldo en el mismo estado.

Al llegar a la casa de Aldo éste le ofreció el sofá a Brand, el cuál después de un par de horas intentando dormir en un sitio blando tras cinco años durmiendo en el frío suelo de las calles de Nueva York, decidió recostarse en la moqueta, que al menos, era más sólida.

A la mañana siguiente, ambos amigos se dirigieron a la dirección. Aldo le había prestado algo de ropa nueva a Brand. Le quedaba amplia y ridícula, ya que Brand era muy alto y delgado mientras que Aldo era una cabeza más bajo y tenía una complexión fuerte.

El cielo estaba despejado y los rayos del sol hacían que tuviesen que entrecerrar los ojos para protegerse de ellos, a pesar de esto hacía frío, pues era enero. El lugar de la dirección era en uno de los polígonos apartados de la ciudad, una especie de hangar bastante grande, de unos 600 metros cuadrados y cuarenta de alto. Una pequeña puerta en la parte delantera parecía el único acceso al edificio, ambos se acercaron.

Aldo y Brand se miraron entre ellos antes de que Aldo tocase la puerta, pero justo antes de hacerlo, la puerta se abrió sola.

-Pasad y cerrad la puerta –anunció una voz al final del oscuro pasillo que se encontraba delante de ellos.

Se acercaron con algo de miedo y vieron otra puerta en el interior al final del corredor, esta vez un centinela con la misma indumentaria que los del bar guardaba la puerta. El hombre llevaba un fusil de cañón HP211 con el que apuntaba a los dos invitados.

-No mováis ni un pelo, voy a registraros –advirtió el guardia mientras se acercaba apuntándoles y con su mano izquierda los palpaba de arriba-abajo.

Ni Brand ni Aldo movieron un pelo, con las manos en alto se miraron mutuamente. –Ese cacharro dispara un láser que puede abrirte un agujero en el pecho de 10 cm de diámetro y cauterizártelo en una milésima de segundo, no te muevas –susurró Brand…

-Está bien, podéis pasar –concluyó el centinela mientras les abría la puerta y señalaba con la punta del arma al interior del amplio almacén.

Al entrar Aldo observó cada centímetro del emplazamiento. En el centro había una Freelancer sin armas, parecía totalmente destinada al transporte. Unos diez enchaquetados cargaban la nave con unos paquetes metálicos que parecían pesar bastante. A su derecha estaba aparcada una Merlin y justo debajo de ella, una amplia mesa con más de esos hombres trajeados con papeleo. Uno de ellos estaba de pie paseándose alrededor y al percatarse de la presencia de Aldo y Brand, les hizo un gesto con su mano para que se acercasen.

-¿Quién de los dos es el piloto? –dijo con mirada nerviosa.

-Yo –Aldo dio un paso hacia el frente.

-La recompensa por llevar este cargamento a marte son 1 millón de UEC (supongamos que una Aurora cuesta 500.000 UEC) ¿aceptas?

Aldo abrió como platos los ojos, era un tercio de su sueldo en un año… Un viaje a marte con una Freelancer siguiendo la ruta comercial se hacía en tres días… -Sí, acepto –se apresuró a contestar.

-No es tan fácil, primero tendrás que demostrarnos tu habilidad como piloto en una pequeña prueba –sugirió el hombre importante. –Tendrás que coger esta Merlin y dar una sola vuelta al hangar lo más pegado a la pared posible sin soltar el acelerador –continuó mientras esbozaba una sonrisa.

Aldo empezó a sudar y se puso muy nervioso, como la noche anterior con el atracador. Sin embargo esta vez, el mismo impulso que lo empujó a dejar el trabajo le hizo reaccionar poniéndose a correr hacia la Merlin. El hombre siniestro lo observó impresionado, sin creerse lo que iba a hacer, luego miró a su acompañante, Brand, aún con la boca abierta, al darse cuenta que lo observaba, tardó un segundo, pero calmó su semblante y lo correspondió afirmando con la cabeza.

Era la primera vez que Aldo entraba en una Merlin, una nave muy pequeña, muy rápida y sensible. Subió la escalera hacia la cabina, cada escalón hacía que sus piernas fueran cada vez más pesadas, pero cuando fue consciente de lo que estaba haciendo, ya estaba sentado en el asiento y programando el arranque del sistema. Lo hacía todo casi automáticamente, ya que, aunque fuese una nave completamente distinta a la que había conducido hasta ahora, no dejaba de ser una nave, lo único de lo que sabía en la vida.

Arrancó los motores. Todos, incluso los operarios, se centraron en el suceso, estaban inmóviles y expectantes. Aldo sabía que una nave tan sensible al conducirla en un espacio como ese cualquier error podría significar su muerte y la de cualquiera que estuviese cerca, incluso un estornudo. No perdió los nervios, intentó mantenerse en ese estado de trance impulsivo en el que se encontraba…

Dejó pulsado el freno, echó hacía atrás con decisión la palanca de velocidad hasta chocar contra el tope y cerró los ojos. Cuando escuchó las turbinas chillar soltó el freno.

La nave se puso en su velocidad máxima en menos de 1 segundo, Aldo instintivamente, pues no le dio tiempo a pensar, apuntó con la palanca de mando a su izquierda, el lado por el que se encontraba el centro del hangar. La nave realizó una circunferencia casi perfecta muy cerca de las paredes y justo antes de llegar al lugar desde dónde salió, Aldo volvió a presionar el freno bruscamente, haciendo que parase justo en el mismo lugar. Desplegó el puente de aterrizaje y descendió lentamente hasta que notó tierra… Notó algo húmedo, se había orinado en los pantalones. Abrió como pudo la escotilla y descendió temblando por la escalerilla… Estaba totalmente aislado del mundo. Cuando la punta de su zapato tocó el suelo, volvió a la realidad y se encontró rodeado de aplausos. La cara de Brand estaba casi blanca, era el único que no aplaudía, totalmente pálido y atónito.

La banda solían hacerse llamar “Rosas Negras” y no quisieron dar datos sobre el contenido de la mercancía, solo los datos importante, la dirección del lugar en Marte dónde tenían que ir, que eran 31,6 toneladas de mercancía y que tenía máximo una semana para llevarla y traer de regreso la nave, si lo hacían antes de una semana, aunque fuese un día, cobrarían medio millón más.

Ofrecieron a Aldo elegir 3 tripulantes más, para que le ayudasen en la travesía o por si tenían problemas, pero éste explicó que solo necesitaba ir con Brand como guardia, aun así, le asignaron otro más, para controlar que cumplía el contrato, Eliot, tenía 19 años.

Les proporcionaron una pistola láser ELO 2587 a cada uno, además de un traje ligero especial para el espacio, era liso y completamente negro, se ajustaba al cuerpo, los guantes tenían en los nudillos uno sobreprotectores y en la espalda tenían dibujado una rosa de color rojo. También tenían un casco y un mobiGlas (un comunicador de muñeca, con una serie de aplicaciones importantes indispensables para el viaje, como teléfono, termómetro, reloj, etc).

Partirían mañana, Aldo estaba impaciente.
Última Edición: 4 años 5 meses ago por zorrokuro.
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Rosa Negra 4 años 5 meses ago #124117

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(pondré un capi cada domingo, tendrá 5 en total, si os mola la historia, haré más)
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Re:Rosa Negra 4 años 5 meses ago #124146

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Disfrutando! :)
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Re:Rosa Negra 4 años 5 meses ago #124176

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Muy bueno! esperando el segundo capitulo para empezar el viaje!
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